Conocida
en los anales de la cartografía también como Isla
de los Cocos, Ysle de Coques e Isla de Santa Cruz, la pequeña
isla tropical comienza su relación con la historia europea
cuando aparece señalada por vez primera en 1553 en el Mapa
francés elaborado por Nicolas Desliens, llamado por algunos
autores “de Enrique II”, debido a que fue durante su
reinado que el hermoso mapa, dibujado sobre pergamino, fue mostrado
públicamente.
Aunque la mención del Mapa de Desliñes
incurre en un error de ubicación pues en realidad marcaba
la posición geográfica de las Islas Galápagos,
debe considerarse el hecho como el punto de inicio de la futura
Isla del Tesoro en la conciencia cosmográfica de las potencias
en pugna por obtener el control de las ricas tierras americanas.
Durante mucho tiempo se ha supuesto que la historia de la Isla del
Coco arranca con su casual descubrimiento en 1526, atribuido por
el Historiador de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo al piloto
Johan Cabezas, lo cierto es que tal hecho nunca trascendió
en el desarrollo político, militar ni social del poderoso
Imperio Colonial Español. Por el contrario, la Casa de Contratación
de Sevilla, institución creada en 1506 como ente organizador
y administrador de los recursos coloniales del Nuevo Mundo, jamás
consideró la ubicación de las islas del Pacífico
como sitios estratégicos que merecieran ser explorados ni
tomados militarmente.
Entre
los siglos XVI y XVII, la Isla del Coco va tomando un lugar dentro
de la disposición cartográfica del Mundo continuamente
explorado y modificado por las tantas expediciones llevadas a cabo
por navegantes al servicio especialmente de España tanto
en América como en La Polinesia y Las Filipinas. Grandes
cartógrafos como los flamencos Abraham Orteluis y Gerad Mercator,
el sevillano Alonso de Santa Cruz y el holandés Johannes
Blaev, incluyen en sus mapamundis la apenas visible porción
de tierra representando a Coco.
Poco a poco, la isla iba tomando su lugar en
la conciencia de los cartógrafos europeos, pasando no obstante
desapercibida para las autoridades españolas del Virreinato
del Perú, al punto de no enviar ninguna expedición
de exploración hasta el siglo XVIII, cuando las naves de
los Almirantes Alejandro Malaspina y José de Bustamante tocan
la Isla del Coco para reabastecerse de agua dulce, señalando
cartográficamente su ubicación en el informe respectivo.
A
partir del siglo XVII, aprovechando la situación estratégica
de la isla, las expediciones piráticas inspiradas y alentadas
por Inglaterra comienzan a tomar el lugar como base de operaciones
y sitio de descanso para sus huestes. La piratería nació
como un intento desesperado por romper el monopolio comercial impuesto
por España en sus colonias, manteniendo los privilegios de
reparto otorgado por las bulas papales “Romanos Pontifax”e
“Inter. Caetera”, promulgadas en 1493 y 1494.
Los primeros piratas o corsarios,
como se hacían llamar, veían en dicha actividad una
cruzada irrenunciable para todo súbdito y caballero inglés,
cuya misión era destruir al odiado Imperio de los españoles.
Francis Drake, John Hawkins, Edouard Davis y Walter Raleigh, fueron
algunos de aquellos piratas, caballeros, guerreros y marinos formidables
que fueron premiados con grandes honores reales por sus acciones
militares en América. El último de esta estirpe fue
el nunca bien recordado John Henry Morgan, quien azotó sin
piedad las poblaciones coloniales españolas en el Caribe,
llegando a saquear en tres ocasiones la ciudad de Panamá,
la última vez en 1671.
Morgan
era un hombre bien colocado socialmente, aunque su origen fuese
humilde y campesino. Habiéndose destacado como tripulante
de varias expediciones piráticas al mando de capitanes como
Bartholomeus Sharp y William Mansfield, tuvo un cierto brillo durante
la llamada “Revolución Gloriosa”, siendo designado
Gobernador de Jamaica en 1674, teniendo a su disposición
una enorme flota de guerra apostada en Port Royal, transformado
en un paraíso de piratas, prostitutas y todo aquel que huyera
de las rígidas leyes españolas.
A pesar de haber obtenido grandes
tesoros y recompensas durante su vida, John Henry Morgan nunca actuó
en otro escenario que no fuese el Caribe. Por simple lógica
se puede concluir que allí tenía todo a su favor para
cumplir con su misión guerrillera en contra de España,
no teniendo ninguna razón para pasar al Pacífico,
donde jamás actuó ni fue conocido. Por todo ello se
puede afirmar que Morgan nunca conoció ni estuvo en la Isla
del Coco, por lo que suponer que existe un tesoro oculto atribuido
al famoso pirata no es más que una fantasía creada
por la imaginación popular de los pueblos que él atacó
e intimidó.
Por el contrario, otros piratas
igualmente sanguinarios y violentos pero menos conocidos como el
Capitán Davis, si arribaron y permanecieron por largas temporadas
en la Isla del Coco. En el verano de 1685 el navío de Davis
“Bachelor´s Deligth”, ancló en la Bahía
que después se llamó Wafer, en honor a uno de los
tripulantes: Lionel Wafer, quien se conoce por escribir y publicar
en el año 1699 una crónica sobre sus aventuras, incluyendo
una linda descripción de la Isla del Coco, enfatizando la
belleza de la bahía que lleva su nombre (2).
Con el tiempo, la piratería
se transformó en una actividad bandoleril y criminal, desarrollada
por bandas de ladrones y asesinos que se asociaban para delinquir
libremente, sin respetar banderas, condición social ni religión.
En los albores del siglo XVIII los propios ingleses tuvieron que
combatir y exterminar la piratería en todo el mundo.