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Lic. Raúl Arias Sánchez
Historiador
La
Isla del Coco, posesión insular costarricense
desde el año 1869, fue durante los
siglos XVII al XIX, base de operaciones
y parada de abastecimiento obligada para
expediciones piráticas inglesas,
balleneras y buscadores del legendario tesoro
que se supone enterrado en la isla. En el
año 1993 se presentó en la
Universidad de Costa Rica la única
Tesis de Grado en ámbito mundial
que analiza la Historia y la Leyenda del
Tesoro como hecho histórico, demostrándose
por análisis documental que efectivamente
existe uno o varios Tesoros ocultos dentro
de la isla (3).
En 1793 arriba a Coco la expedición
del navío británico Ratler,
con el Capitán James Colnett, quien
elaboró el primer mapa que se conoce
de la isla, bautizó las bahías
de Chatham y Wafer, así como fue
el responsable de desembarcar diez parejas
de cerdos que con el tiempo se han convertido
en una gran plaga que afecta el equilibrio
natural del lugar. Otras expediciones científicas
han llegado a la isla como la de George
Vancouver en 1795, Edouard Belcher en 1832,
Alejandro Agazzis en 1881 y la de Anastasio
Alfaro y Henri Pittier, en 1898. En la actualidad
se continúa realizando mucha investigación
científica en campos como biología,
climatología y geología.
En el
año 1846, un marino canadiense de
nombre John Keating logró recuperar
una pequeña parte del Tesoro de Lima,
viviendo como hombre rico en su natal Saint
John´s, Newfoundland, hasta su muerte
en agosto de 1882. Keating había
conocido en Cuba en 1844 a un marino inglés
apellidado Thompson, quien aseguraba ser
uno de los dos únicos sobrevivientes
del robo del tesoro, ocurrido en octubre
de 1820. Llevándolo a vivir a su
propia casa por espacio de tres meses, Thompson
le dio a Keating los detalles del sitio
donde estaba oculto el botín en Bahía
Wafer.
El
otro sobreviviente del gran robo de Lima
era un escocés llamado MackComber,
quien luego de ser rescatado junto con Thompson
de las autoridades peruanas en Panamá,
se quedó en Kona, Hawai por el resto
de su vida, sin poder regresar nunca a buscar
el tesoro. En 1888, siendo ya un anciano
alcohólico y vagabundo apodado “Old
Mack”, conoció a un marino
alemán de nombre August Guisler,
a quien cuenta su historia con lujo de detalles.
Guisler queda impresionado por el relato
de Mack, trasladándose a Costa Rica
y a la Isla del Coco, estableciendo una
actividad como buscador del tesoro y Gobernador
entre 1889 y 1908, cuando renuncia a su
ambición y al cargo oficial para
irse a vivir los últimos años
de su vida a New York, muriendo pobre y
frustrado en 1935.
En 1931, tres náufragos estadounidenses
cuyo yate a vela zozobró cerca de
Bahía Chatham, permanecieron en la
isla durante seis meses, tiempo en el cual,
aseguraron luego en una publicación
aparecida en la Revista American Magazine,
año de 1932, que habían descubierto
la cueva en la que se hallaba el Tesoro
de Lima. En 1949, uno de los náufragos:
Paul Stachwick, residente en San Diego,
envió una carta al Gobierno costarricense
instándolo a organizar una expedición
para sacar el tesoro que él había
descubierto en 1931. Stachwick no pedía
nada para sí mismo, solamente exigía
que las piezas de la Iglesia Católica
que se hallaban en la cueva fuesen devueltas
a su legítimo dueño. La carta
fue archivada y nunca respondida..
La
Isla del Coco no tuvo propietario legal
hasta 1869, cuando el Presidente de Costa
Rica, el médico Jesús Jiménez
Zamora ordena enviar una expedición
oficial acompañando a un buscador
del tesoro llamado William Tucker, tomando
posesión de la isla en nombre del
Gobierno y del pueblo costarricense en setiembre
de ese año 1869. La relación
de la isla con Costa Rica no nace a raíz
de la expedición de Tucker, más
bien se había iniciado en 1832 cuando
algunos náufragos chilenos fueron
rescatados por una goleta enviada por el
Gobierno costarricense, estableciéndose
de alguna manera una relación de
pertenencia y cercanía que dio por
resultado la toma de posesión de
1869.
Los
gobernantes nunca vieron en la Isla del
Coco otra cosa que no fuese un peñasco
sin valor en medio del Pacífico,
hallándosele como única utilidad
el establecimiento de una colonia penal
entre 1879 y 1882, en la Administración
del Presidente Tomás Guardia. Por
decenios la isla se mantuvo sin protección
ni vigilancia militar ni policial, hasta
que fue declarada Parque Nacional en el
año 1978, siendo Presidente el Lic.
Rodrigo Carazo Odio.
La Isla
del Coco fue declarada Patrimonio Natural
de la Humanidad en 1997, pero no cuenta
con una declaratoria patrimonial con rango
nacional, lo cual se hace indispensable
puesto que de descubrirse algún día
el Tesoro, que junto con las inscripciones
presentes en las rocas de Bahías
Chatham y Wafer, constituye de hecho un
Patrimonio Nacional, sujeto de protección
estatal.
Producto
de las muchas expediciones llegadas a la
Isla del Coco desde el siglo XVIII hasta
la actualidad, muchas de ellas con la finalidad
de buscar el Tesoro o bien efectuadas por
barcos balleneros que anclaban en Chatham
para abastecerse de agua dulce, las rocas
existentes en Chatham y Wafer presentan
una singular y sorprendente variedad de
inscripciones, esparcidas desordenadamente
por las playas. Se cuentan rocas grandes,
medianas y pequeñas; cubiertas de
inscripciones, algunas muy artísticamente
realizadas, otras no tanto, pero todas reflejan
la visita ocasional de cientos de personas
y embarcaciones a lo largo de tres siglos.
En el
área de las Bahías Wafer y
Chatham, que son zonas de aguas de poca
profundidad, se han identificado los restos
hundidos de al menos tres barcos, uno de
los cuales posiblemente corresponde a “El
Relámpago”, navío de
guerra convertido en barco pirata por la
tripulación amotinada, fue hundido
por la armada británica en el año
1818. El segundo naufragio corresponde al
también navío pirata “Blair”,
hundido por la escuadra naval chilena al
mando del Almirante Alexander Cochrane,
año de 1822. El tercer naufragio
pertenece a un navío de bandera chilena
cuyo nombre no ha trascendido, pero que
se hundió en la isla en marzo de
1832, debiendo el Gobierno de Costa Rica,
por razones humanitarias, enviar a la goleta
“Carmen”, para rescatar a los
13 marineros sobrevivientes, quienes llegaron
a Puntarenas el 13 de abril de 1832, para
luego emprender viaje a su natal Chile.(4)
Los vestigios
de los naufragios han sido visitados irrestrictamente
a lo largo de los años por una gran
cantidad de buzos aficionados y profesionales,
dándose constantes saqueos por parte
de personas inescrupulosas, especialmente
costarricenses, quienes se han apropiado
de valiosas reliquias como brújulas,
timones y otros objetos de gran valor histórico,
cultural y por supuesto económico.
Por otra
parte, existen en el área entre bahías
una gran cantidad de rocas inscritas con
nombres de barcos y personas desde el siglo
XVIII, muchas de las cuales quedan sumergidas
cuando sube la marea. Mucho se ha especulado
acerca del origen de las inscripciones,
las que generalmente han sido atribuidas
a visitantes ocasionales que tan sólo
querían registrar sus nombres y el
de sus navíos, como una forma de
patentar su estancia en la lejana y maravillosa
Isla del Tesoro.
En febrero
del año 1905, Agustín Guido,
periodista que acompañaba a la expedición
del vapor nacional "Turrialba",
escribe lo siguiente al desembarcar por
primera vez en la playa de Bahía
Chatham:
"Cuál
no sería nuestra sorpresa al encontrarnos
en medio de un cementerio? Esto creíamos
al principio; pero cuando habíamos
leído las primeras inscripciones,
nos convencimos de que no eran muertos los
que ahí reposaban, sino recuerdos
dejados por los cientos de buques que expresamente
o por arribada forzosa, habían tocado
en aquel punto." 5
Guido describe con exactitud la sensación
que se experimenta cuando se está
en la pequeña y solitaria playa,
donde los únicos ruidos que pueden
escucharse son provocados por el oleaje
y el canto lejano de las aves marinas que
anidan en el imponente islote Manuelita.
Rocas
de variado tamaño y color, grandes
y pequeñas, tanto en la playa como
a lo largo del cauce del pequeño
riachuelo que muere tímidamente allí;
colmadas de extrañas inscripciones
y algunas prácticamente ilegibles
por la acción del tiempo o el hombre,
constituyen la silenciosa y estática
comitiva de recibimiento para el visitante
que logra superar las fuertes olas que golpean
la playa al momento del desembarco.
Ciertamente
las rocas inscritas no las hallamos solamente
en Chatham, aunque en este sitio están
en mayor cantidad; las rocas que reposan
al norte de la playa de Bahía Wafer
también exhiben inscripciones; algunas
de las cuales están artísticamente
realizadas. Surgen en este momento algunas
interrogantes que se intentará despejar
en las páginas siguientes: ¿Qué
significado tienen las inscripciones de
Bahía Chatham?. ¿Son acaso
desde un principio la simple huella de quienes
han arribado a la Isla del Coco y deciden
testimoniar en piedra su visita?, o quizás
¿tendrán un origen diferente?
La respuesta
se ha buscado en la epigrafía misma
in situ, así como en las memorias
e informes de los capitanes de navíos,
investigadores y aventureros, creyendo ver
estos últimos ocultas simbologías
en la roca que al descifrarlas, conducirán
directamente al fabuloso tesoro que esconde
la isla. Intentando hallar la justificación
correcta sobre el oscuro origen de las inscripciones,
el mismo Agustín Guido ofrece una
explicación que sin duda le fue transmitida
por el Gobernador Gissler, según
la cual:
"" Durante el siglo XVIII y parte
del siguiente, la isla del Coco fue estación
de balleneros. En la Bahía de Chatham
existía una caja abrigada contra
la intemperie, donde los buques que llegaban
depositaban su correspondencia que traían
para los demás balleneros, y cuando
concluían su cargamento, era obligación
de los capitanes recoger las cartas dirigidas
al exterior y franquearlas en la primera
oficina de correos que encontraban."
6
No habiendo
evidencias físicas o documentales
de lo afirmado, ya que la caja de que se
habla en la cita anterior nunca ha sido
hallada y si lo fue no se ha conocido públicamente,
se estudiaron algunas fuentes históricas
que pudieran arrojar luz y dar un mejor
criterio para considerar como válida
la teoría de Guido, a saber::
1) Análisis in situ de las inscripciones,
clasificándolas por fecha, nombre
y procedencia.
2) Análisis comparativo de las inscripciones
de las rocas de Bahía Chatham contra
el registro de embarcaciones mercantes llegadas
al puerto de Puntarenas entre 1830 y 1849,
clasificadas por año, nombre, procedencia
y destino.
3) Análisis comparativo de las inscripciones
de las rocas de Bahía Chatham contra
los registros de barcos balleneros salidos
de Inglaterra y contenidos en el "Records
of Bristol Ships", del National Maritime
Museum.
4) Informes oficiales navales publicados
por los capitanes que arribaron a Coco durante
los siglos XVIII y XIX.
En primer
término, aunque Lievre en su obra
menciona que los marinos de Vancouver grabaron
los nombres de sus navíos en la roca
durante su visita en enero de 1795, los
análisis actuales señalan
como la inscripción más antigua
la que corresponde a la de un buque británico
en el año 1797.
En general,
las inscripciones revelan una enorme mayoría
de nombres de origen anglosajón:
ingleses y norteamericanos, uno que otro
francés y conforme nos acercamos
en el tiempo a la época actual, van
apareciendo nombres en idioma español
que nos resultan bastante familiares.
Por su
parte, el análisis comparativo entre
la lista de las inscripciones de Bahía
Chatham y la lista referente a los navíos
mercantes que tocaron puerto en Puntarenas;
da por resultado el que ninguno de los nombres
es coincidente, lo cual lleva a suponer
que los barcos que hacían escala
en Puntarenas, aunque procedentes de puertos
suramericanos como Valparaíso y el
Callao, no tenían en su ruta a la
Isla del Coco, siendo más bien dicha
ruta paralela a la costa continental, tocando
varios puertos para carga y descarga de
mercaderías.
En el
caso contrario, es decir, los barcos que
si arribaban a la Isla del Coco, eran aquellos
que por su misión no tocaban puerto
en mucho tiempo, debiendo reabastecerse
de agua dulce y descansar antes de continuar
su viaje.
Lo anterior
identifica claramente la vocación
marinera de los balleneros que durante los
siglos XVIII y XIX se dirigían a
las aguas del Artico en busca de sus presas.
Por otra parte, la prácticamente
totalidad de navíos dedicados a la
actividad ballenera, provenían de
Gran Bretaña y predominantemente
de los Estados Unidos. Lo cual coincide
plenamente con la observación de
que en un enorme porcentaje, los nombres
inscritos en las rocas corresponden a la
lengua inglesa e identifican en muchos casos
su lugar de procedencia.
Complementariamente,
el análisis en un periodo de cuarenta
años y correspondiente al registro
de naves salidas de Inglaterra y armadas
para la caza de la ballena, arroja por resultado
el que al menos uno de los nombres es coincidente
con las inscripciones de Bahía Chatham:
el navío "Arcadia", cuyo
registro oficial indica que fue construido
en Saint Andrews-New Brunswick, en el año
1825 y registrado con el número 44
del mismo puerto, siendo registrado nuevamente
en Bristol con el número 85 el 5
de setiembre de 1826.
El Arcadia era un barco de 395 toneladas,
teniendo una historia turbulenta que va
desde cambios frecuentes de sus propietarios
desde 1825 a 1836; hasta haber sido abandonado
por su tripulación y recuperado por
otro ballenero francés que lo avistó.
La nave finalmente se perdió en alta
mar en el año 1839.
Respecto
de la inscripción en una de las rocas
en Chatham, aparece el nombre Arcadia junto
a cuatro números, a saber: 4-29,
7-34. Estos números al compararlos
con los datos registrados en el "Records
of Bristol Ships", resultan ser las
fechas en las que la nave fondeó
en la ensenada.
De acuerdo
con lo anterior, el Arcadia arribó
por primera vez a Coco en abril del año
1829 y la segunda ocasión fue en
julio de 1834, con un periodo de retorno
de cinco años. En principio, queda
claro que efectivamente los navíos
que visitaban la Isla del Coco no eran mercantes,
dándole crédito parcial a
la explicación de Agustín
Guido, en el sentido de que tales expediciones
tenían por misión la caza
de la ballena, la exploración geográfica
o simplemente la búsqueda del tesoro.
Examinando
la cuarta fuente histórica citada,
cual es el primer informe oficial digno
de ser considerado y correspondiente al
del Capitán George Vancouver "A
voyage of discovery to the north Pacific
Ocean, and round the world" (4), publicado
en el año 1798; relata su arribo
y experiencias en la Isla del Coco con sus
naves Chatham y Discovery en enero de 1795.
Si
bien refiere sus impresiones personales
respecto de algunas de las inscripciones
halladas por sus hombres, no habla en absoluto
sobre la supuesta caja de depósito
de correspondencia que alude la teoría
de Guido, lo cual implica que ya para la
época en que el gran explorador inglés
estuvo en Chatham, no había evidencia
alguna, a excepción de las propias
inscripciones, que registrara la visita
de otras naves anteriores.
De hecho, el mismo Vancouver señala
que la única evidencia física
que le permitió establecer con certeza
la estadía allí de la expedición
dos años atrás del buque Ratler
en 1793, fue una nota firmada por el Capitán
James Colnett, hallada dentro de una botella
colgada en un árbol en Bahía
Wafer.(7)
Al igual que Vancouver, ninguno de los navíos
con misión militar o científica
llegados a Coco, menciona tener conocimiento
del compromiso entre los barcos balleneros
de buscar y extraer la correspondencia de
caja alguna y depositarla en otros puertos.
En síntesis,
el origen de las inscripciones en las rocas
de Bahía Chatham está sin
duda en que la isla era punto de arribo
obligado para los grandes balleneros que
en ruta al norte del continente; debían
reabastecerse de agua dulce antes de seguir
su largo viaje.
En cuanto
a la caja donde se guardaba la correspondencia
para ser recogida por otras naves, talvez
nunca existió. Sin embargo, Guido
pensaba que el compromiso moral de los capitanes
era el primer factor para fondear en la
famosa ensenada:
"A
este tráfico, sin duda, se debe lo
único notable que encontramos en
aquella isla: las inscripciones en las rocas."
8
A pesar de la opinión del periodista
puntarenense, la que tiene al parecer sustento
en la tradición oral, la razón
principal para el arribo de los navíos
estaba en el reabastecimiento de agua dulce
que en forma generosa ofrece la isla y no
en el correo marítimo, aunque es
posible que de alguna manera se haya establecido
algún mecanismo para el transporte
de la correspondencia internacional.
Queda
claro que muchas de las inscripciones que
se hallan en Bahía Chatham son enigmáticas
para nosotros, y de hecho lo han sido en
el pasado para muchas otras generaciones
de visitantes a la Isla del Coco; August
Gissler, D. Lievre y la multitud de buscadores
del tesoro son buen ejemplo de ello. No
obstante, existen dos inscripciones que
son particularmente enigmáticas y
cuyo significado es totalmente subjetivo
e interpretativo, siendo por tanto dignas
de estudiarse.
La primera
de estas inscripciones aparece en Chatham,
algo alejada de la playa y sobre una gran
roca ovalada que guarda gran cantidad de
grabados. La inscripción dice:
"Look r as you goe for ye S coco”
Lievre, quien llegó a la Isla del
Coco como oficial naval del Gobierno de
Francia en la expedición de Le Chapelein
en 1889, en su descripción nos dice:
"Sobre
la misma roca se encuentra una inscripción
sin fecha, medio borrada por el tiempo.
Las diversas interpretaciones que se han
dado no me parecen nada satisfactorias.
Como se presenta con caracteres misteriosos
desde el comienzo, se ha buscado lejos una
traducción que creo sólo el
buen sentido común debe dar."
9
El mismo
autor, no conforme con la interpretación
que le da Vancouver en su mención
del informe de 1798, relaciona la inscripción
con la escasez de cocoteros que se da en
Chatham y la abundancia que en contraste
según él, puede hallarse en
Bahía Wafer. Para Lievre, se trata
de una advertencia gentil hacia los navegantes
que ilusionados por el nombre de la isla,
pudiesen esperar encontrarse con árboles
de coco por doquier:
"El signo r es la rama inferior de
una cruz, cuyos cuatro brazos designan los
puntos cardinales. La letra ye muy borrada
que precede la palabra coco se presenta
en forma de una S de curvas poco acentuadas.
El signo r y la abreviación s, por
ver (See), se usan aún en Inglaterra"
10
De acuerdo con Lievre, la síntesis
de su interpretación está
en que la inscripción debe leerse
como "Id al sur y vereís cocos";
refiriéndose con sur a la ensenada
de Wafer. Nadie a excepción del explorador
francés ha dado una interpretación
más coherente de la leyenda grabada
en la roca, por lo tanto bien puede considerarse
como aceptable aunque no deja de tener un
aire de ingenuidad que no satisface del
todo.
Muchas
otras inscripciones se hallan en la playa
de Bahía Wafer, destacando las que
conmemoran la visita realizada por el investigador
francés Jacques Costeau. La segunda
inscripción enigmática mencionada
se halla en Bahía Wafer, sobre el
curso del río Genio y consiste no
en letras grabadas sino en la representación
de una especie de flecha alargada con varios
punteros.
En conclusión,
la Isla del Coco es quizás el único
lugar en Costa Rica en el que se ha identificado
vestigios sumergidos con valor patrimonial
conforme lo define la Convención
de la UNESCO. Por otra parte, no es posible
con certeza establecer el origen o propósito
exacto de las inscripciones, muchas de las
cuales son verdaderos enigmas, pero la gran
mayoría se ha demostrado que corresponden
al registro histórico grabado por
las tripulaciones de los barcos con el único
fin de testimoniar su presencia en el lugar.
En los
últimos años, de 1994 al 2002,
han sucedido hechos que vienen a comprobar
la teoría de que hay un tesoro material
oculto en la Isla del Coco. El historiador
Raúl Arias demostró en su
Tesis de Grado la existencia cierta del
Tesoro de Lima. En 1996 le propuso al Ministerio
de Ambiente y Energía un proyecto
para ubicar el tesoro utilizando censores
remotos, concretamente imágenes de
satélite y la tecnología Air
Images System (A.I.S), desarrollada por
la N.A.S.A. Inclusive, contactó al
astronauta costarricense Dr. Franklin Chang,
quien aceptó interceder para que
N.A.S.A. facilite la tecnología necesaria.
La propuesta nunca fue considerada.
En 1998
un asesor del Gobierno llamado Alan David
Shepard, cuyo nombre es idéntico
al del famoso astronauta norteamericano
de la misión Apollo, muerto de leucemia
en ese mismo año, contrató
sin autorización oficial, los servicios
de la empresa ruso-británica Alkor
International, para que adquirieran una
imagen de satélite y buscaran depósitos
de oro en Coco, utilizando una nueva tecnología
patentada como GeoVision, basada en la física
de partículas conocida como “microleptones”.
El análisis
fue positivo, los técnicos de Alkor
Int. hallaron tres depósitos de oro,
dos en tierra y uno en el agua, todos en
el área de Bahía Wafer. Cuando
le comunicaron a Shepard los resultados,
este se comprometió a interesar al
Gobierno de Costa Rica y retribuir económicamente
el estudio realizado, cuyos costos alcanzaban
los $ 10.000,00. La empresa asegura que
el norteamericano no volvió a comunicarse
con ellos, quedando la deuda sin cancelarse
hasta el día de hoy (11).
En el año 2002, la fuerza de
las evidencias que avalan la tesis del historiador Arias Sánchez,
ha hecho que algunos organismos muy respetables como el Colegio de Médicos
y Cirujanos apoyen una nueva presentación del proyecto ante el
Gobierno del Dr. Abel Pacheco.
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