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Raúl Francisco
Arias Sánchez
Historiador
Puerto
del Callao, madrugada del 22 de octubre de 1820, un viejo navío
mercante inglés zarpa silencioso llevando en sus entrañas
24 pesadas cajas de madera conteniendo monedas de oro y ricos ornamentos
de la fastuosa Catedral colonial de Lima.
Atrás quedaba el antiguo Virreinato del Perú, envuelto en
la gran guerra de Independencia liderada por el general San Martín
y el almirante inglés Cochrane, quienes asediaban a los españolistas
por tierra y mar, partiendo de la vecina Chile desde el mes de agosto
anterior. Eran los tiempos del virrey Abascal, quien creyó proteger
los tesoros de la Iglesia rentando el navío inglés que lo
transportaría a sitio seguro, lejos de las llamas de la insurrección.
El Capitán del barco custodio, convertido horas después
por obra de las circunstancias en pirata trasnochado, no pudo resistir
la tentación de poseer aquel tesoro fabuloso, decidiendo junto
con su primer oficial robarlo y desaparecer en las sombras de la noche.
Al día siguiente, 23 de octubre, soleado y con mar calmo, el Capitán
comunica la acción tomada a sus 8 tripulantes, la mayoría
de ellos jóvenes que aún no alcanzaban los 20 años
de edad.
Después de una acalorada discusión con los marinos que protestaban
por involucrarlos en un acto delictivo castigado con la muerte tanto por
españoles como ingleses, llegan al acuerdo de buscar un escondite
seguro para el quemante cargamento, dirigiéndose entonces a la
Isla del Coco, única isla desierta, sin propietario legal y conocida
por los marinos ingleses desde el siglo XVII por servir como refugio y
base de operaciones de piratas como Edouard Davis, John Eaton y muchos
otros.
Bordeando la Bahía Chatham, así bautizada por el Capitán
James Colnett y su navío Ratler, año de 1793; llegan
a una más amplia ensenada, cuyo brazo izquierdo presentaba un túnel
bajo la escarpada montaña y un pequeño río desembocaba
en el costado derecho de la pequeña playa. Anclando en medio de
la bahía, los marinos conducen en un bote de remos una a una las
cajas del tesoro arrojándolas en la línea entre mareas.
Cuando hubieron terminado, esperaron a que la marea descendiera para proceder
a transportar los pesados cofres hasta el río, al pie de una montaña
de rocas que se alzaba como muralla. El Capitán y el Primer Oficial
descubrieron una hendidura natural de cierta profundidad, abierta por
tectonismo entre dos colinas donde no crecen árboles, cerca de
la playa pero que desde allí no puede verse.
Arrojando las 24 cajas dentro de la cueva inclinada casi horizontal de
aproximadamente 25 metros de profundidad, los ladrones taparon la entrada
con una gran piedra, tierra y vegetación, marchándose de
la isla con destino a Panamá, donde esperaban arribar 50 horas
más tarde, comprar algunos víveres y ocultarse por algunos
meses hasta perderse de vista de las autoridades españolas, regresando
por el tesoro y repartirlo por partes iguales.
Pero los planes no salieron bien para los marinos del Mary Dear, nombre
del navío pirata supuesto por muchos autores pero que el Registro
de Navíos de Bristol asegura que jamás existió. A
mitad de la ruta hacia Panamá fueron interceptados por el navío
Peruvian, enviado a perseguirlos desde su salida del Callao. Dándole
alcance con prontitud, el furioso Capitán españolista ordenó
colocar en fila sobre cubierta a todos los marinos ingleses, exigiéndoles
de inmediato la información del lugar donde habían ocultado
el Tesoro de Lima. Ante el silencio de los hombres, sin repetir su pregunta
hizo un ademán con su mano derecha y de inmediato sus soldados
dispararon sin piedad sobre las cabezas de 8 de los 11 prisioneros. Arrojando
los cuerpos ensangrentados al mar, dijo con tono irónico a los
3 jóvenes que quedan con vida “no estoy jugando, ustedes
entienden mis palabras”.
Los aterrorizados muchachos aceptaron que si entendían el castellano,
confesando que el tesoro estaba oculto en la Isla del Coco. Aunque el
Capitán del Peruvian quiso poner proa a la isla, fue informado
de que algunos marinos padecían de fiebre, mal muy común
causado por contaminación del gua almacenada. Debiendo dirigirse
al Golfo de Panamá hasta que pasara la fiebre, el barco estuvo
anclado en puerto por 3 semanas, tiempo en el cual murió uno de
los prisioneros, optando los otros dos por buscar la opción de
escape cuanto antes. Al anochecer aprovecharon una escotilla abierta para
lanzarse al mar, nadando más o menos 1 kilómetro con dirección
a un barco anclado en bahía, el cual a la lejanía les parecía
que era un ballenero, dibujándose la silueta oscura de un gran
arpón que sobresalía de la cubierta.
Luego de gritar sin descanso por algunos minutos, fueron rescatados por
el Capitán del James Morris, ballenero norteamericano de New Bedford,
zarpando al amanecer con destino a Kona, Islas Sandwich, después
llamadas Hawai. En kona, donde arribaron a finales de noviembre de 1820,
uno de los jóvenes decidió desembarcar, despidiéndose
de su amigo, quien siguió la ruta del James Morris hasta su base
en Massachussets. Las vidas de los dos muchachos nunca más se volverían
a cruzar. Durante los siguientes 20 años, el segundo sobreviviente,
cuyo nombre era Thompson, trabaja como marino en las barcos mercantes
que transitaban entre los Estados Unidos y el Caribe.
Un día de agosto de 1844 en La Habana, Cuba, un marino abandonado
por su barco conoce al Primer Oficial de un barco proveniente de Saint
John´s, Newfoundland, a quien le pide invitarle a una cerveza y
de paso le sugiere la posibilidad de ser contratado en el navío
canadiense. El amable y confiado hombre de mar, cuyo nombre era John Keating
accede, llevando al hombre a trabajar como marino. De camino a la Península
de Labrador, el marino se atreve a contarle a su patrón la aventura
vivida tantos años atrás, invitándole a organizar
una expedición para rescatar el Tesoro de la Isla del Coco. A pesar
de los esfuerzos de Keating por interesar a sus coterráneos en
el proyecto, no lo logra debido al carácter aldeano y humilde de
los habitantes de Saint John´s. Thompson finalmente se ve forzado
a marcharse del pueblo con rumbo a su Inglaterra natal, de donde pasa
a la India y allí muere cerca del año 1860.
En 1846, John Keating aprovecha una prolongada parada de su barco en el
puerto de Colón, Panamá, para atravesar el istmo y alquilar
un pequeño barco que lo condujese a la Isla del Coco, bajo el pretexto
de visitar la tumba de un pariente allí sepultado. Al llegar a
la Bahía de Chatham, Keating baja sólo a tierra, en un bote
de remos se dirige a la otra Bahía, llamada Wafer en memoria de
un pirata, cirujano y cronista del siglo XVII. Dado que la leyenda del
tesoro todavía no existía, nadie más que el marino
canadiense sabía de la existencia del valioso cargamento, escondido
26 años atrás.
Keating desembarca en el pequeño río de la playa, alcanzando
la cueva del tesoro al cabo de 1 hora de búsqueda. Con mucho esfuerzo
halló y apartó la piedra que cubría la cueva, extrayendo
un puñado de monedas hasta llenar un bolso que llevaba en su abrigo,
regresando silencioso al barco y luego a su natal Saint John´s.
Cambiando las monedas del bolso por 1.300 libras esterlinas, el buen marino
adquirió 2 barcos de pesca, llegando en pocos años a amasar
una fortuna que lo hicieron transformar su vida errante en el alta mar
por una cómoda y lujosa casa, buen vino, comida y dos matrimonios
con mujeres muchos años más jóvenes que él.
Mientras Keating vivía como burgués en Canadá, la
Isla del Coco era reclamada como territorio costarricense en setiembre
de 1869, gracias a la acción del Presidente Jesús Jiménez
y la búsqueda del tesoro por parte de un inglés residente
en San José, su nombre era Wlliam Tucker.
Por otro lado, en 1888 un joven marino alemán llamado August Gissler
conoce en Kona, Hawai, a un viejo alcohólico escocés cuyo
nombre era Mackcomber, a quien llamaban “Old Mack”, famoso
por contar fantásticas historias de tesoros y piratas. Gissler
se convierte en novio de una bella muchacha nativa, hija de Mack. Enfermando
gravemente en esos días, el viejo narra a Gissler el robo del Tesoro
de Lima en 1820, siendo él mismo uno de los 2 únicos sobrevivientes,
no pudiendo regresar nunca a la isla. Gissler decide al morir su suegro,
viajar a Costa Rica y a la Isla del Coco, pasando el resto de su vida
como el más conspicuo buscador del tesoro, fungiendo inclusive
como Gobernador de Coco desde 1897 hasta 1906.
Keating muere el 15 de agosto de 1882, a los 73 años de edad, paralizado
de medio cuerpo desde 10 años atrás, lo que le impidió
regresar a la Isla del Coco. Su viuda, Elizabeth Brenann, organizó
una expedición a Coco en el navío Aurora, partiendo de la
Columbia Británica en 1897. Llevaba consigo0 un mapa elaborado
por su extinto marido, en el que se dibujaba la isla y un punto con tinta
roja, señalando el supuesto sitio del tesoro. Al llegar a la isla
hallando que el Gobernador Gissler les niega el desembarco, pero finalmente
accede a compartir las riquezas con los canadienses. No obstante, a pesar
de los hoyos abiertos en muchos lugares, el Tesoro de Lima se niega a
aparecer.
August Gissler se rinde en su frenética búsqueda en 1906,
renunciando a su puesto de Gobernador para irse a vivir a New York, donde
muere pobre y solitario en 1935. Pero en 1931, 3 náufragos originarios
de San Diego, California, quienes tienen que habitar la Isla del Coco
por 6 meses, descubren la cueva del tesoro, cuyo hallazgo lo insinúan
en un artículo publicado en 1932 en la Revista American Magazine,
titulado “ Seis meses en una isla desierta”. En noviembre
de1949, uno de los náufragos: Paul Stachwick, envía una
carta al Gobierno de Costa Rica en la cual propone el rescate del Tesoro
de Lima en forma conjunta, afirmando que el acceso a la cueva no era muy
problemático, pidiendo tan sólo que los ornamentos de la
Iglesia Católica, los cuales él pudo ver, le fueran devueltos
a su legítimo dueño.
Entre 1846 y el año 2000 más de 300 expediciones han llegado
a la Isla del Coco en busca del Tesoro de Lima, todos ellos portando mapas
falsos o información incompleta, incluyendo las 5 expediciones
de James Forbes, antiguo finquero de Riverside, quien en la década
de 1930 fabricó su propia historia del tesoro, creando un mapa
falso y el cuento de que su bisabuelo, supuesto tripulante del mítico
Mary Dear, había sido uno de los sobrevivientes, ocultando en un
banco de Londres el mapa y la historia del robo. Forbes vivió de
su historia desde 1948 a 1960, cuando muere, vendiendo el mapa y una supuesta
participación del tesoro a ricos inversionistas norteamericanos.
Finalmente, en 1994 un historiador graduado de la Universidad de Costa
Rica, presenta una Tesis en la que demuestra que el Tesoro de Lima no
es un mito, sino un hecho histórico probado, poniendo de relieve
la aventura de Thompson y Mackcomber, la fortuna de Keating y la mala
suerte de Gissler, así como clarifica la historia de la Isla del
Coco y su relación con Europa y Costa Rica. Desde 1994 hasta la
actualidad, el historiador Raúl Arias Sánchez ha intentado
sin éxito, convencer al Gobierno costarricense para realizar un
rastreo del tesoro utilizando censores remotos, específicamente
el Air Images System, dispositivo de N.A.S.A. que genera mapas tridimensionales
desde un avión que sobrevuele a baja altitud el área de
Bahía Wafer. La insistencia del historiador del Tesoro de Lima
se asemeja a lo que vivió Howard Carter cuando por años
luchó por convencer a los arqueólogos británicos
de la existencia de Tutankamen, a quien consideraban como una divinidad
del antiguo Egipto. Carter finalmente probó que tenía la
razón al descubrir el Gran Tesoro de Tutankamen en 1922.
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